San Sebastián 5 de marzo de 2018, (ER). Tarkovski, el célebre realizador ruso, escribió que existían cosas para las cuales no teníamos un lenguaje.  En este sentido el arte pareciera ser una vía para expresar lo que no es posible comunicar con nuestros lenguajes actuales. Por ejemplo, ¿qué nos dice el cine contemporáneo sobre la verdad? Fruto de su tiempo, realizadores de más de quince países reflexionaron sobre el mundo de hoy bajo la poderosa luz del cine. En sus trabajos, reunidos en una sólida selección oficial a concurso en el 65 Festival Internacional de Cine de San Sebastián, España, se cuela una preocupación generacional sobre la verdad en un mundo disuelto en una suerte de nebulosa informativa donde la mentira avanza viralmente.

Precisamente, en la película de apertura Inmersión, el director alemán Wim Wenders nos introduce en las profundidades del océano para reunir a dos personajes dispares, una científica y un agente secreto, a quienes el amor toca.  La intuición de la transcendencia que la experiencia del amor suscita en sus vidas, les permite una suerte de esperanza frente a un mundo donde se asientan con fuerza las mentiras de los fundamentalismos políticos y religiosos. Algo similar acontece en el contundente filme hispano americano, La vida y nada más, donde el porvenir de un joven afroamericano parece confinado a repetir los acontecimientos de su padre, encerrado en prisión; sólo la férrea esperanza de una madre que lucha contra este relato de exclusión y violencia, podría ser capaz de redimirlo. Esta inclinación al amor sin condiciones recibió el Premio SIGNIS en el Festival.

También, frente al relato de una violencia ciega en los laberintos de miseria del mundo, una joven, en Matar a Judas, busca encontrar la verdad sobre la ejecución de su padre, logra entender que, en esta decadencia de la vida, los victimarios son también víctimas y renuncia, con una fuerza que solo puede venir de una espiritualidad, a continuar con esta mentira de muerte y de destrucción Su imagen, débil y minúscula, frente a una megalópolis convertida en rostro de la violencia, es una metáfora profunda sobre la renuncia individual que podemos hacer para despreciar la mentira y cobijar la verdad con todas nuestras esperanzas.

Quizá el cine, como lo buscó Tarkovsky en todas sus películas y como él pensaba podría expresarlo la poesía del arte verdadero, quizá en este tipo de planos y en muchos otros que llenaron las pantallas de cine en el Festival de San Sebastián, quizá en esas intuiciones cinematográficas pueda vivir una comunicación de la verdad como la que necesitamos hoy más que nunca. Y esta búsqueda de la verdad y de la esperanza ha sido la guía de un trabajo que SIGNIS ha construido en el Festival de San Sebastián a lo largo de 60 años y lo festejó premiando un proyecto de una joven directora colombiana, una víctima de la mentira de la violencia, quien con un trabajo honesto nos comunicó su pequeña, íntima e importante verdad.