Havana, 13 de marzo de 2018 (Alberto Ramos). Al comienzo de La prière (Cédric Khan, Francia), su protagonista Thomas (22 años), se interna voluntariamente en un hogar para rehabilitación de jóvenes con adicciones atendido por la Iglesia Católica. Rasguños y moretones en un rostro sucio y sin afeitar, los ojos semicerrados por el cansancio, dan cuenta de lo crítico de su estado. Hacia el final, cuando abandona el lugar, ha decidido ingresar en un seminario religioso. Entre uno y otro momento, lo seguimos a lo largo de su accidentada, a ratos agónica estancia, registrando los progresos y sinsabores que explican un viraje tan radical en su existencia.

La permanencia en el hogar, donde conviven jóvenes de nacionalidad, raza y origen social muy diverso (lo que entre otras cosas apunta a la universalidad del problema que los congrega bajo un mismo techo), se asienta sobre tres pilares básicos: trabajo y oración, esto es, vida activa y contemplativa, compartidos en un espíritu de comunidad y amistad. En fin, nada más parecido a una versión laica del régimen de confinamiento y consagración propio de la vida monástica, diseñado para disciplinar el cuerpo y el espíritu.

Como en todo régimen de reclusión, semejante orden presupone una cierta dosis de violencia sobre el individuo, que en mayor o menos medida contribuye a encauzar su conducta  según pautas institucionales bien establecidas. Para alguien como Thomas, marcado al parecer por una niñez difícil que lo ha tornado un ser hosco, violento y ferozmente individualista, la prueba resulta de inicio abrumadora y la rebelión, que no tarda en estallar, culmina con el abandono del lugar. En un primer momento, víctima del síndrome de abstinencia, lo vemos caer al suelo, gritar y retorcerse entre los brazos de sus compañeros como aquellos endemoniados de los relatos bíblicos, en que la enfermedad se asumía como signo visible del pecado. Su rechazo, típico de una secularidad contemporánea ignorante y prejuiciada en lo relativo a la religión, llega al insulto verbal y la agresión física tras negarse a pedir perdón en público, práctica que junto a otras como la confesión y corrección fraterna en privado, es parte de la agenda educativa del establecimiento.

Este primer acto termina, sin embargo, con la intervención de un personaje clave, la joven Sybille. Hija de unos granjeros que viven en las cercanías, en cuya casa ha pernoctado Thomas tras su intempestivo abandono del hogar, su presencia impresiona misteriosamente a este, al punto de que, siguiendo el consejo de la muchacha, cambia de parecer y regresa. No será, por lo demás, la única ocasión que acuda a ella en circunstancias difíciles. En este, y en otros pasajes marcados por una intensa comunión con lo sobrenatural y divino, la experiencia quedará asociada, en una suerte de sublime correlato, al aria de G.H. Stötzel Bist du bei mir (Si tú estás conmigo), de la ópera Diomedes.

Tras su reincorporación al hogar, una segunda oportunidad se abre ante él, esta vez con resultados bien diferentes. Al integrarse a la vida en comunidad, Thomas hace suyas las rutinas cotidianas, abrazando una fe que hasta entonces le resulta extraña y que se robustece a medida que su existencia se puebla de rezos, canciones y testimonios de alabanza. Se trata, ni más ni menos, de un camino de conversión. No obstante, los fantasmas del pasado se resisten a desaparecer, sea en la tentación de la droga, en la reprensión violenta de una pareja reincidente, en la confesión de Xavier, incapaz de superar su adicción, e incluso en el comentario de Pierre, ángel guardián y compañero más cercano de Thomas, que se declara incapaz de volver con su esposa e hijo. Todo lo cual se resume en el temor de enfrentar al mundo, en subestimar la fortaleza de su fe cuando, una vez rebasados los límites del hogar que les sirve de refugio, sea puesta a prueba por ese mundo.

Quizá el momento en que tales dudas se muestran con mayor claridad y elocuencia sea el diálogo que sostienen Thomas y sor Myriam, benefactora y fundadora del lugar (brillantemente interpretada por Hanna Schygulla). Con infinita dulzura, la anciana insiste en saber si el joven es feliz allí, porque algo suena falso en sus plegarias. Y tras la ingenua respuesta de Thomas, un par de bofetadas no se hacen esperar. Ella que, como Dios, ve en el corazón de los hombres, le hace saber que la autenticidad de la fe no pasa por recitar de memoria las oraciones, y acto seguido acompaña y consuela los sollozos del joven. Más adelante, Xavier se pierde en el bosque y lo encuentran muerto, lo que acrecienta la desolación de Thomas, que llora y busca refugio en Sybille. ¿De qué vale el acompañamiento a los demás? ¿De qué vale la oración? ¿Son solo frases vacías que nadie escucha?

 

La respuesta no tardará en llegar, propiciando un viraje decisivo en Thomas. Durante una excursión invernal a una cordillera montañosa de los alrededores, este se extravía al caer la noche y, en medio de una tormenta helada, tropieza y se golpea seriamente una pierna, con lo cual queda postrado, sin posibilidad de seguir adelante. En su desesperación, reza pidiendo a Dios que lo salve. Al amanecer, no solo está vivo sino que las contusiones han desaparecido y puede caminar sin dificultad. Dado lo simbólico del escenario y las circunstancias en que ocurre el «milagro»: la ascensión a la montaña, el hombre extraviado y herido, la tempestad inclemente…, que en más de una ocasión enmarcan el encuentro con Dios en los relatos bíblicos, así como el manantial entre las rocas donde Thomas enjuga su rostro y la pierna herida, no es difícil asociar lo ocurrido a una intervención divina, en suma, a que Dios ha escuchado la plegaria del joven. «A partir de ese momento, nunca más me sentí solo», dice. Tiempo después, cuando comunica al padre Luc su interés en ingresar al seminario, se referirá a lo sucedido en la montaña calificándolo como el comienzo de una nueva vida y abundando sobre la oración, dirá: «Me levanto cada noche a rezar. A veces la urgencia me despierta».

Una vez más, no obstante, la narración evita el tono edificante y triunfalista que suele impregnar los relatos de conversión al introducir en la próxima escena un diálogo entre Pierre y Thomas en que este confiesa que mintió al padre Luc acerca de Sybille, a quien en realidad no ha podido olvidar. Lo cual preserva en Thomas a la criatura imperfectamente humana que hemos conocido hasta ahora, que habiendo dejado atrás su adicción y, más adelante, las dudas acerca de su fe, debe ahora decidir entre su atracción hacia Sybille o la vocación religiosa, y lo que es peor, enfrentar su temor a equivocarse en dicha elección. Pierre proporciona a Thomas la clave cuando lo anima a reflexionar profundamente sobre sus próximos pasos, argumentado que nunca es tarde para elegir. Mientras conversan, ambos dan los toques finales a una cruz de madera que pareciera aludir a los tormentos que agobian al joven.    

La decisión final, por sorpresiva que parezca, resulta del todo coherente con lo anterior. Antes de volver a Sybille, que equivale a volver al mundo, aceptar sus desafíos, Thomas ha rezado pidiendo a Dios que «alivie su sufrimiento». Poco después, cuando va hacia ella, su rostro se ha serenado y sonríe. Quizá ha comprendido que Dios no lo abandonará, como tampoco lo hiciera en la montaña. Él estará allí también, como insiste el aria (Si estás conmigo…) que retorna sobre la imagen de Sybille en primer plano, mientras Thomas, confundido borrosamente con el paisaje, la contempla al fondo.  

Con su opción por un realismo a ultranza poblado de alusiones simbólicas de matriz cristiana,  La prière deviene un filme un tanto insólito en el contexto materialista y alienante de nuestra época, pues no solo reivindica la experiencia formativa de los hogares de rehabilitación, sino al acompañamiento de los internos en tanto piedra angular de su éxito, a la vez que explora temas universales como la conversión, el libre albedrío y la eficacia salvadora de la oración, sin duda la expresión más elevada de dicho acompañamiento.