México, 20 de marzo 2018, (Luis García Orso, S.J.). De entrada hay que decir que en esta nueva película, María Magdalena no es una prostituta sino una mujer espiritual; no es una reconocida pecadora, sino una apóstol; no es la esposa o la amante de Jesús, sino una mujer enamorada de Dios y su reino. Dirigida por el australiano Garth Davis y con un guion escrito por dos mujeres inglesas,  estamos ante una película claramente reivindicativa de la figura de María Magdalena.  Quizás en la misma línea con que el Papa Francisco la proclamó “apóstol de los apóstoles”, en junio 2016. Como toda película basada en hechos de la historia, aquí también hay una representación, una visión propia, con los pocos datos que se tienen de la Magdalena, pero con un tratamiento respetuoso hacia ella y hacia la figura de Jesús.

La historia filmada refleja una sociedad patriarcal en que poco cuentan las mujeres.  María de Magdala se atreve a rechazar el matrimonio arreglado de su familia y a buscar qué es lo que Dios pide de ella. Para los demás, esto resulta tan raro que podría estar “poseída de algún demonio”. Pero su búsqueda tiene una respuesta cuando encuentra predicando junto al lago a Jesús de Nazaret.  Contra el parecer de la familia y de los hombres, María se hará una de las seguidoras de Jesús y de su evangelio (en la línea de lo que menciona Lucas 8, 1-3).

El director presenta muy discretamente la figura de Jesús: alguien tranquilo y serio, callado e intenso, de más edad a lo sabido; con pocas intervenciones y nada espectaculares. Quizás su presencia en escena es tan discreta que su figura queda un tanto apagada. Tiene algo del Jesús de Pasolini y otro tanto del Scorsese, pero le falta más contundencia y fuerza evangélica. Para bien está que ni siquiera en las clásicas escenas de la pasión o de los milagros, el director caerá en la tentación de llamar la atención con efectos sensacionalistas o sangrientos. La atención de la historia está puesta en la figura de María Magdalena, quien desde la primera secuencia aparece como una joven que da paz, que anima, que busca a Dios. La belleza serena de Rooney Mara (multipremiada por Carol y por La chica del dragón tatuado) ayuda mucho para esta caracterización.

También merece mencionar la figura de Judas que presenta la película: un joven agradable y animoso, inquieto e idealista, que perdió a esposa y niña de manos de los romanos. Su visión del Mesías y del reino de Dios acentuará lo político y lo triunfal, y contrastará con la comprensión de María Magdalena, más cercana a la predicación de Jesús.

La producción de la película ha encontrado una hermosa ambientación en los paisajes de las regiones italianas de Puglia, Basilicata y Sicilia, así como en la música del compositor islandés Jóhann Jóhannsson, premiado por la partitura de varias películas y fallecido al concluir el filme.

Al principio y al final de la película, la figura de María aparece sumergida en el agua para luego salir a la superficie. En seguida viene la secuencia en que María ayuda al parto difícil de una madre joven. Ambas imágenes pueden verse como el mensaje de la historia: ante las palabras de Jesús, hemos de nacer de nuevo, nacer del Espíritu (Jn 3, 5), acoger el reino de Dios (Mc 1, 15), acoger la vida y la obra de Dios en cada uno (Lc 17, 21).  

Director y guionistas transmiten una película espiritual, contemplativa, sencilla, muy alejada de las interpretaciones llamativas y costosas de Hollywood;  por eso no gustará a todo público. Invita al espectador a sumergirse también y entrar en su interior. Quizás encuentre así una palabra de Dios para él.