Bruselas, 8 de mayo de 2018 (SIGNIS / GC). Ermanno Olmi era un hombre en búsqueda permanente, alguien que, sin ser dogmático, sabía conjugar la profundidad de su fe con las preguntas del hombre contemporáneo. Este profundo cineasta murió ayer, a los 86 años.

A lo largo de su carrera fue galardonado varias veces por OCIC/SIGNIS y por jurados ecuménicos.

    En 1961 en el Festival de Cine de Venecia: Empleo (Il Posto)
    En 1963 en el Festival de Cannes: The Fiances (I Fidanzati)
    En 1978 en el Festival de Cannes: El árbol de los zuecos (El Albero degli zoccoli)
    En 1988 en el Festival de Cine de Venecia: La Leyenda del Santo Bebedor (La Leggenda del Santo Bevitore)
    En 2017 en el Festival de Milán: Vedete sono uno di voi

En octubre de 2017, el Jurado SIGNIS otorgó su premio al documental Vedete sono uno di voi, sobre la vida del Cardenal de Milán Carlo Maria Martini (1927-2012).

Al adentrase en el universo religioso, Omli logra una película honesta que explica la vida de este sacerdote italiano que vivió durante buena parte del siglo XX y cuya honestidad intelectual cimbró la cultura en Italia.

Precisamente se trata de un retrato de un hombre sincero que se convierte en cardenal, hecho por un realizador auténtico. Así, a lo largo de este biopic, descubrimos aspectos de la propia vida espiritual del realizador, por lo que es posible que estemos ante una especie de testamento fílmico de Olmi, en su última mirada al mundo que conoció y en el que construyo su universo cinematográfico.

El cineasta también se identifica con la religiosidad moderna expresada por el anciano cardenal moribundo, de quien registra sus últimas palabras. Una religiosidad que es humana, que da voz a los que no tienen voz, que está atenta a los más débiles y desposeídos, y que no duda en tener una actitud crítica hacia el poder.

En 1961, Ermanno Olmi, de apenas treinta años, recibió el premio OCIC en el Festival de Cine de Venecia por su película Empleo (Il Posto), se trata de su segundo largometraje, en el que documenta con precisión la burocracia empresarial italiana.

Por lo tanto, fue visto como un representante de una refundada ola neorrealista, al realizar una película que denuncia aspectos inhumanos del trabajo. El Jurado OCIC explicó cómo, en este filme, en contraste con una representación de la vida demasiado a menudo forzada y pesimista, Olmi retrata un agudo sentido de la condición humana, una discreta sensibilidad, frescura, humor y poesía.

Dos años más tarde, en Cannes, el Jurado OCIC premió su película The Fiances. Una vez más, Omli realiza una película sobre el mundo laboral, pero esta vez cuenta la historia de un trabajador en una gran fábrica que decide irse a Sicilia en busca de un trabajo más gratificante. Para lograrlo, debe dejar atrás a su prometida, pero eso le conviene porque no sabe si en realidad está enamorado de ella. La distancia y la soledad cambian muchas cosas y, con el paso del tiempo, redescubre el amor. El Jurado OCIC se conmovió por la forma en que Omli retrató las difíciles condiciones de trabajo de la vida moderna. También demostró brillantemente cómo los sentimientos podrían desarrollarse más allá de la distancia y el tiempo.

Con El árbol de los zuecos (1978), Olmi se convierte en un gran cineasta, en una filmografía que abreva una vez más del legado neorrealista. Este largometraje cuenta la vida cotidiana y los ritos comunitarios de las familias que vivían en una granja de Lombardía a fines del siglo XIX.

Una vez más, le interesa el tema del trabajo, pero esta vez el de los campesinos empleados por un terrateniente. Esta película está muy cerca de la vida que el director conoció en su juventud, dentro de la cual encontramos la injusticia social y la miseria, pero sin ser un llamado a la revolución, por el contrario, muestra la nostalgia, la importancia de los valores familiares y la solidaridad, que se filman como destellos de esperanza.

Para algunos, esta película es más una reminiscencia de la espiritualidad crística. Para el Jurado Ecuménico de Cannes, este filme fue un fresco de una comunidad rural que, "luchando contra las duras realidades económicas y sociales de su tiempo, conserva en la vida cotidiana el sentido de los valores humanos y espirituales". La película también recibió la Palma de Oro del Festival.

En 1988, el Jurado OCIC otorgó su premio en el Festival de Venecia a La Leyenda del Santo Bebedor, una película completamente diferente de las anteriores realizadas por Omli. Una película que no está ubicada en Italia, sino en París. Una extraña historia de un hombre desafortunado que vive bajo los puentes del Sena y quien presta una pequeña cantidad de dinero con la condición de que le sea devuelto el dinero el domingo después de la misa, justo en la iglesia donde reposan los restos de Santa Teresita de Lisieux. El Jurado OCIC dijo sobre esta película, que fue testigo del renacimiento milagroso de un hombre que se cree perdido, una historia convincente que presenta una "experiencia dolorosa de la vida en la que la fragilidad humana es cimbrada".